Guarradas en la mesa
Presento la siguiente situación: una obra de teatro, dos personas conversan a un nivel tan bajo de decibelios que ni los actores, ni las personas sentadas alrededor de la pareja, se sienten molestados por la conversación. Seguro que ahora mismo todos pensarán “bah, si no molestan a nadie no hay mayor problema”. Pero, ¿es esto cierto? ¿No están molestando a nadie?
Pues yo creo que sí molestan. Se están molestando a ellos mismos. Pero, como saben que nadie fuera de ellos mismos será molestado ni se enterará de que ellos hablaban, su estatus social quedará intacto. Pero, ¿no es cierto igualmente que su estatus personal se verá dañado? La gente pensará que respetan al actor y no hablan durante la función, pero sí lo hacen. Ofrecen una imagen errónea de ellos mismos. Es como alguien que siempre que va a un restaurante es el más educado de la mesa al comer, no obstante, cuando está sólo en su casa, come con los dedos y encima no se lava los dientes. Es un hombre que traiciona sus propios principios. Y, por mucho que no lo parezca, es un maleducado. Y es él el primero que debería darse cuenta.
Este hombre bien educado de puertas hacia fuera y tan maleducado de puertas hacia adentro después despotrica sobre presuntos políticos que son corruptos. Pero curiosamente, él mismo es también corrupto ¿no? Corrompe sus principios. Está exigiendo algo en lo que ni él cree. “Es distinto” dirán algunos. “El político daña a la sociedad, y el hombre sólo se daña a sí mismo”. Pero, si una persona no se respeta a él mismo, ¿puede respetar a los demás? Imposible.
“Cada cual hace lo que quiere” dirán ahora otros. “Si hay libertad, cada uno hace lo que quiere. Además, la libertad llega hasta donde empieza la del otro, entonces, si a mí no me afecta, me da igual”. Bueno, es otro punto de vista. Ahora quiero que la gente piense que está paseando por la calle, y ven en una esquina a un hombre inyectándose heroína. “Eso me da igual, se hace daño a sí mismo”. Pero ¿no es cierto que por dentro piensan “pobre hombre, qué pena me da”? “¿Qué habrá pasado para que haga eso?”.
Y si este argumento no ha convencido a nadie, escribo otra situación más: una persona se intenta suicidar tirándose desde su ventana. Acto seguido, cantidades ingentes de personas, como bomberos, policías, aparecen en el lugar para evitar que esa persona salte. Sinceramente, si fuera cierto eso de “cada uno que haga lo que quiera”, los bomberos o los policías no acudirían ¿no? El que va a saltar es libre. Y sin embargo, aparecen. Entonces eso de “cada uno hace lo que quiere” igual no es válido, ¿no?
El hombre que cuando está sólo come con los dedos, aunque luego la gente le aplauda por ir a un restaurante y saber utilizar de forma correcta y elegante veintiocho tipos distintos de tenedor, sabrá que no es más que un guarro. Si tiene moral, y tiene algo de aprecio por él mismo, sabrá que es un guarro. Y probablemente eso haga que cuando la gente le diga “qué educado eres”, no se lo crea. Porque sabrá que es un guarro.
Es igual de guarro el que come con los dedos con gente delante o sin gente. Pero que ninguno de los dos exija después que la gente coma con tenedor. Porque él es un guarro. Aquel que puertas hacia adentro no sea una cosa, que no exija a los demás que lo sean, porque ni él mismo se termina de creer lo que dice. Pero eso deja una pregunta abierta; el hombre que come solo con los dedos pero luego con tenedor, ¿tendrá la conciencia de aceptar que es un guarro?
3 comentarios
Ender -
Íker -
Por cierto, gracias por la crítica Ender
Ender -
Digo esto respecto a la educación. Estoy de acuerdo con el resto.