Blogia
Mi Paisaje

El mar

Este texto lo escribí estando en la playa el día 16 de agosto, de ahí que no cuadren las fechas. De todas formas, espero que lo disfrutéis igual.

Llevo desde el día 20 de julio y por eso no he podido escribir. He estado recorriendo buena parte de la costa desde Cataluña hasta Cádiz, y si hay algo de lo que cada vez estoy más enamorado es del mar. No de la playa, no, que eso me aburre, y jamás le encontraré sentido a estar horas tumbado bajo un sol abrasador que no hace sino producir cáncer de piel. Hablo del mar como tal. Ahora mismo escribo esto desde la terraza del piso de mis abuelos, viendo el mar, desde uno de los muy pocos pueblos catalanes que aún evitan el turismo y conservan su economía pesquera, con sus puertos con olor a pescado, y sus casas encaladas en cuyos terrenos se pierden laberintos de olivares. Hoy he estado dando una vuelta por el puerto, y me ha venido a la cabeza un relato inspirado por el mar y el pescado. Espero que lo disfrutéis y os de a pensar. El día ha amanecido triste y nublado. El sol hoy prefirió ocultarse tras un manto de nubes grises, premonitorias de una jornada lluviosa. Martí se levanta lentamente de su cama, despacio, tranquilo, con mucho cuidado. Sus huesos no son ya los de aquel chaval de veinte años. Se pone un yérsey que su mujer le cosió hace años con lana de la Mariló, que Dios acoja en su gloria a ambas. Coge su bastón, una silla de plástico blanca, de esas que suele haber en las terrazas de esos bares cutres, y , tras levantar la puerta metálica del garaje de su casa, se sienta en ella, en la calle. Ve pasar a amigos suyos y los saluda. Pero nostálgico, y es que van a dar las ocho. A esa hora, los pescadores salen ataviados y se dirigen, como Martí había hecho toda su vida hasta no muchos años atrás, bajando por la Carrer del Port hasta el puerto, a sus pequeñas barcas con motores que funcionan dando pequeños ronquidos, para desplegar las redes en las aguas del mar y pescar. Pescar, de sol a sol. Vivir continuamente con el aroma a pescado pero sustentando a una familia, que, ya por muertes o porque ya habían olvidado a Martí, quedaban ahora lejos de él. Martí se ve representado en esos mozos jóvenes que, con el característico olor del pescador, se dirigen a ganar su jornal en las traicioneras aguas del mar. Martí mira sus manos. Están arrugadas, tristes. Tiemblan. Y una lágrima cae en medio de la palma. Eso le recuerda a Martí al mar. Todos los pescadores, así como los que lo han sido, comparten una cosa, un enorme afecto por el mar. Traicionero, sí, pero a la vez es la mano que da de comer. Y la razón de vivir. En el pueblo, hay una agridulce pero simbólica tradición que da el nombre de “viudas” a las mujeres de los pescadores, aún cuando estos están en vida, ya que antes o después, a todo pescador le llega su hora en el mar. Martí es de aquellos pocos que se jubilan antes de ello. Y eso resulta aún más doloroso. Lleva años contemplando cómo su vida se apaga poco a poco, como un largo y solemne ocaso que nunca llega a terminar. Martí se levanta de su silla, y baja por la Carrer del Port, sin tan siquiera cerrar su casa o guardar su silla. Baja más despacio de lo que solía años atrás por los achaques de su edad, pero con la misma decisión, si no más. Allá en el puerto, amarrada a un bolardo oxidado, se encuentra “Sueños”, su antigua barca de pescador. La madera estaba ya carcomida, los cristales de la cabina rotos, y las redes descosidas, pero ésa es, no cabe duda. Martí monta en “Sueños”, y arranca el motor, que profiere un sonido que le es terriblemente familiar. Enfoca su barca mar adentro, y sigue su camino hasta el atardecer. Martí se encuentra feliz, muy feliz, vuelve a estar solo, junto a sus dos mejores compañías, “Sueños” y el mar. El sol estaba casi oculto ya, y la marea comenzaba a subir. La endeble barca se movía de lado a lado, y los brazos débiles de Martí no pudieron agarrarse con fuera de Pamplona la fuerza necesaria al timón, así que cayó fuera de la barca. Una enorme ola removió otra vez la barca y a Martí, que colgaba aferrado a una red. La trepó, y consiguió volver a su barca pesquera. Se metió en la cabina, e intentó maniobrar la barca, pero fue en vano. Martí no tenía miedo, él sabía que era pescador, y que antes o después encontraría la muerte en la mar. Como tantos otros del pueblo. Como tantos amigos. Como tantos sobrinos, padres o incluso algún hijo. La noche era ya cerrada, y el viento silbaba aterrador como una siniestra armónica por entre los cachivaches de pesca. Otra enorme ola impactó de frente en la barca, haciendo añicos los cristales de la cabina, que comenzó a inundarse y forzó a Martí a salir de ella, que resbaló y quedó enredado entre las redes de pescar. Una nueva y enorme ola se precipitaba contra la barca furiosa, y Martí la contempló con un cariño casi paternal. “Ahí está” pensó para sí. La ola engulló la humilde barca que estalló en miles de astillas, y el motor dejó de emitir su chapoteo. Martí, atrapado entre las redes como los tantos peces que él había pescado en su vida, no pudo nadar y se sumergió en el mar, junto a los restos de su barca. Pero está feliz, muy feliz. Porque él no podía engañarse. No iba a morir como un cualquiera en una cama, solo, en su casa estrecha y húmeda. Él era pescador. Y su destino, como el de los maridos de otras tantas “viudas”, era morir en el mar. Y Martí no quiso engañar al destino. Cumplió con él. Su visión se nublaba, su cabeza le daba vueltas, y lo último que vio fue el oscuro mar, quien ya se había tragado otros tantos seres cercanos suyos que ahora no eran más que recuerdos, tal y como iba ahora a ser él. Vio cómo su mar, suyo desde su más tierna infancia, sus años mozos e incluso su senectud, se lo tragaba a él y a sus “Sueños”. Y nunca jamás había sido tan feliz.

0 comentarios