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Mi Paisaje

La decadencia de la sociedad

Hoy me ha tocado cenar solo, y he tenido la muy mala idea de encender el televisor. He puesto una cadena de la que prefiero no citar ni el nombre, y me he encontrado con un esperpéntico personaje, de pelo muy corto casi rapado, omnipresentes gafas de sol, y cuya única misión en el mundo parece ser despotricar del resto. Sí, señores, estoy pensando en quien ustedes piensan, no sabía yo que ahora las cadenas ofrecían espacios incluso a él.

El hombre estaba sentado en su sillón, y con una terrible falta de educación, insultaba a otras personas (que, si bien tampoco eran ejemplos a seguir) sin la menor crítica constructiva o respeto a su persona. Porque una cosa es que sean también unos personajes y otra muy distinta que no tengan respeto; y rebajarse al nivel de otros con el argumento de que “ellos también se comportan así” no excusa nuestro comportamiento. Porque señores, que alguien nos haga algo no significa que podamos hacerle lo mismo: entonces nosotros no sólo habremos pecado de lo mismo, sino que habremos fallado a nuestros principios, y ese es el principio de la corrupción: se empieza por no respetarse a uno mismo, y entonces difícilmente se respeta a los demás. Si alguien no respeta por ejemplo su honradez, es imposible que respete la de los demás. Y ahí comienza el declive de una persona, y si es de muchas, de la sociedad. Y lo que hacía este presentador era eso: no respetar a la gente sin respetarse a sí mismo (afirma decir las cosas como son y ser un valiente pero las gafas las utiliza para que no le reconozcan por la calle y le puedan recriminar). Ahí tenemos un claro ejemplo de un hombre que no respeta el ser sincero consigo mismo, y entonces, ¿qué más le da mentir sobre los demás? Ahí tenemos un hombre que empieza a corromperse.

Que en la televisión abunde gente así es preocupante, pero si algo me asusta más es que la gente se contagie. Me da igual que un presentador de televisión se degrade a él mismo, el problema es cuando induce a sus espectadores a hacer lo mismo. La gente a veces no es consciente y se impregna de estas cosas. Por un momento tiraré piedras contra mi propio tejado: una persona ve la serie House y sin darse cuenta adquiere ese mal carácter y misantropía del personaje. La serie no obstante me gusta, pero ahí el problema reside también en el espectador. Bien, pues imaginen una persona que sin darse cuenta coge la chulería del presentador antes citado. Y ahora imaginen a millones de espectadores. Gente que no respeta a sus principios, no respeta los ajenos tampoco, y llega lo malo. Y que nadie piense que esto es ajeno a la gente de a pié, pues el otro día tuve una entretenida conversación con alguien que antes era muy amigo mío, donde tras comentar que hacía mucho tiempo que no quedaba con él, él respondió “si tu no me llamas, ¿qué quieres?”. Bueno, no son palabras exactas ni la situación es la misma, es una equivalente a la real para proteger un poco al susodicho prepotente. Y yo me pregunté, ¿acaso por la misma regla de tres no podrías llamar tú? ¿O acaso eres tan superior al resto que son los demás los que deben pedirte el privilegio de quedar contigo? Y además, siendo amigos, ¿por qué esa chulería? Al principio me sentí irritado por su contestación. Pero luego sentí pena. Pena porque él no se daba cuenta de que ya no tenía ni el principio de amistad, ni el de educación… por lo visto, ni siquiera debía tener mi número, por no llamarme. Y siendo amigo mío me dio pena pensar que había empezado, sin que él lo supiera, un lento proceso de traición propia que corrompe a todos.

Esto no es una reflexión, es una petición. ¡Por favor, que todo el mundo atesore sus principios y no los quiebre por nada! No podemos quejarnos de la corrupción política cuando nosotros tenemos una propia. Una sociedad de respeto mutuo es muy sencilla: respetémonos a nosotros mismos, y el resto saldrá solo.  

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