La comunión de su chamaquito
Recuerdo una excursión que hice con el colegio, yo tendría nueve o diez años, que consistía en visitas culturales por Pamplona. Y recuerdo que nos dejaron en el parque de los Enamorados y le hicimos una encuesta sobre Pamplona a un hombre mayor que pasó por ahí. El hombre, cuando respondió todas las preguntas, comentó cabizbajo "lástima que esto no vaya a llegar a nada". Pues bien, a una sola persona que llegue esto y que le haga reflexionar, este texto no habrá sido en vano.
Oswaldo es nuevo en Pamplona. En el mes que lleva aquí desde que emigró aún no ha encontrado trabajo, pero lo sigue buscando. Vive en un segundo piso en la Rochapea, en una calle algo apartada, próxima a la zona de San Pedro; pongamos por ejemplo Virgen del Río. Es un piso pequeño y sin reformar, pero suficiente para su mujer y su chamaquito. Que hablando de su chamaquito, hoy es un día especial para él. Es su primera comunión. Oswaldo le mira con orgullo, camuflado entre el resto de feligreses. Aunque con cierta tristeza.
Detrás del altar están están todos los niños, sonrientes, con más ganas de recibir sus regalos que de la hostia, vestidos con sus trajes de marineros, princesas, almirantes... Pero, con todo el descaro del mundo, estos marineros y princesas miran al chamaquito de Oswaldo. Va vestido con unos pantalones vaqueros oscuros y una camisa azul de cuadros. "¿Por qué no vas de marinero?" le preguntan los niños cuando le miran. Él calla, pero Oswaldo responde por él: "porque no tenía plata suficiente para más". Los niños siguen mirándole con curiosidad, alguno deja escapar alguna risa, y Oswaldo se siente avergonzado de no haber logrado un empleo en el que ganara suficiente como para comprarle a su hijo el traje más caro de toda la tienda. Pero no es el caso, y a Oswaldo sólo le ha llegado para una camisa un poco elegante y unos vaqueros oscuros.
Ya ha acabado la ceremonia y han pasado las fotos. Oswaldo ya ha pasado el mal trago. Y entonces ve que los niños reciben sus regalos: juguetes, bicis, patines... Su chamaquito no tiene nada. "Lo siento hijo, no creas que no te queremos, es sólo que si no no podíamos pagar el arrendamiento de este mes" piensa Oswaldo. "¿Y por qué a esos niños les visita toda su familia y a mí sólo mis papás?" ve el niño.
Ahora, los niños van a comer a carísimos asadores y restaurantes cuyas delicias no son capaces siquiera de entender, en los fastuosos coches de sus padres. Oswaldo y su familia montan en la guagua municipal. "Seguro que me llevan a un sitio maravilloso" piensa. Se apean en el polígono de Galaria, y entran en un restaurante de una conocida cadena de hamburgueserías. Allí, comen un menú que consiste en una hamburguesa, unas patatas fritas y refresco. El niño las come con moderada alegría, y Oswaldo no puede evitar que caiga una lágrima no desde sus ojos, sino desde su corazón. Éste ha sido el día más importante de la infancia de su chamaquito.
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