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Mi Paisaje

Cómo lograr la felicidad

 

Pues lo siento, ¡no! No hay una fórmula mágica. No hay secretos guardados para conseguirla. En realidad, todo el mundo la lleva consigo. No hace falta ir a buscarla. No hace falta comprarla. No hay que regatearla. Simplemente, hay que desenterrarla.

No, no me he vuelto loco. Es sencillo de explicar, pero difícil de entender. Primero, es difícil de explicar porque nadie sabe exactamente qué es, o cómo es. No lo sabemos, pero, ¿acaso no sabemos cuando la sentimos? Entonces será porque se ha experimentado alguna vez. Solos o acompañados, pero se ha sentido. Y nunca se ha perdido. Sólo y a lo sumo, escondido.

La búsqueda de la felicidad es algo que ha llenado el pensamiento de cientos, no, millones de pensadores, filósofos, panaderos, carniceros, empresarios, ancianos o niños. Y en realidad, no había que buscarla. Todos la hemos experimentado alguna vez. ¿Cómo encontrarla entonces? Desenterrándola. Sacándola del refugio interior donde la guardamos y reciclándola para cuando más lo necesitemos. Todo ser humano tiene, aunque sea poca, felicidad guardada en su más profundo interior. En el sitio casi más inaccesible. Donde nadie, absolutamente nadie salvo nosotros, pueda corromperla. Es nuestro secreto, nuestra propia esencia. Ese compendio de nuestros mejores momentos al que recurrimos en etapas más sombrías. Todo el mundo puede recurrir a él, y por tanto no hay nadie que no pueda iluminar su propio camino. No hay nadie sin la fuerza para hacer un camino y los ocho que puedan seguir enfrente. Nadie que no sea capaz de enfrentarse al más temible de los dragones. ¿Por qué no lo ponemos ahora mismo en práctica? Este blog llevaba tiempo sin actualizarse, y tal vez una de las razones es que me cansé de que fuera una conversación en un sólo sentido. Ahora quiero que tú, querido lector, te des cuenta de esa fuerza indestructible que llevas dentro. ¡Pruébalo! ¡Recuerda ese momento especial! ¡Inténtalo! No puedo decirte cuál es, cada uno tiene el suyo. ¿Ya lo estás recordando? Bien. Ahora haz una cosa. Intenta acordarte de los detalles. Qué camiseta llevabas, con quién estabas... Y ahora, sonríe. Sonríe aunque no te apetezca. Y sigue pensando con ese momento. Saca tu fuerza interior. Siéntete capaz de todo. Mejor dicho, recuerda que eres capaz de todo. Si lograste aquel momento feliz, ¿por qué no ibas a poder lograr otros muchos más?

No hay mayor fuerza en el mundo que la voluntad de ser feliz. Si sólo una persona ha logrado este objetivo durante apenas tres segundos al hacer el esfuerzo que antes he dicho, habré logrado yo también parte de esa meta.

El mar

Este texto lo escribí estando en la playa el día 16 de agosto, de ahí que no cuadren las fechas. De todas formas, espero que lo disfrutéis igual.

Llevo desde el día 20 de julio y por eso no he podido escribir. He estado recorriendo buena parte de la costa desde Cataluña hasta Cádiz, y si hay algo de lo que cada vez estoy más enamorado es del mar. No de la playa, no, que eso me aburre, y jamás le encontraré sentido a estar horas tumbado bajo un sol abrasador que no hace sino producir cáncer de piel. Hablo del mar como tal. Ahora mismo escribo esto desde la terraza del piso de mis abuelos, viendo el mar, desde uno de los muy pocos pueblos catalanes que aún evitan el turismo y conservan su economía pesquera, con sus puertos con olor a pescado, y sus casas encaladas en cuyos terrenos se pierden laberintos de olivares. Hoy he estado dando una vuelta por el puerto, y me ha venido a la cabeza un relato inspirado por el mar y el pescado. Espero que lo disfrutéis y os de a pensar. El día ha amanecido triste y nublado. El sol hoy prefirió ocultarse tras un manto de nubes grises, premonitorias de una jornada lluviosa. Martí se levanta lentamente de su cama, despacio, tranquilo, con mucho cuidado. Sus huesos no son ya los de aquel chaval de veinte años. Se pone un yérsey que su mujer le cosió hace años con lana de la Mariló, que Dios acoja en su gloria a ambas. Coge su bastón, una silla de plástico blanca, de esas que suele haber en las terrazas de esos bares cutres, y , tras levantar la puerta metálica del garaje de su casa, se sienta en ella, en la calle. Ve pasar a amigos suyos y los saluda. Pero nostálgico, y es que van a dar las ocho. A esa hora, los pescadores salen ataviados y se dirigen, como Martí había hecho toda su vida hasta no muchos años atrás, bajando por la Carrer del Port hasta el puerto, a sus pequeñas barcas con motores que funcionan dando pequeños ronquidos, para desplegar las redes en las aguas del mar y pescar. Pescar, de sol a sol. Vivir continuamente con el aroma a pescado pero sustentando a una familia, que, ya por muertes o porque ya habían olvidado a Martí, quedaban ahora lejos de él. Martí se ve representado en esos mozos jóvenes que, con el característico olor del pescador, se dirigen a ganar su jornal en las traicioneras aguas del mar. Martí mira sus manos. Están arrugadas, tristes. Tiemblan. Y una lágrima cae en medio de la palma. Eso le recuerda a Martí al mar. Todos los pescadores, así como los que lo han sido, comparten una cosa, un enorme afecto por el mar. Traicionero, sí, pero a la vez es la mano que da de comer. Y la razón de vivir. En el pueblo, hay una agridulce pero simbólica tradición que da el nombre de “viudas” a las mujeres de los pescadores, aún cuando estos están en vida, ya que antes o después, a todo pescador le llega su hora en el mar. Martí es de aquellos pocos que se jubilan antes de ello. Y eso resulta aún más doloroso. Lleva años contemplando cómo su vida se apaga poco a poco, como un largo y solemne ocaso que nunca llega a terminar. Martí se levanta de su silla, y baja por la Carrer del Port, sin tan siquiera cerrar su casa o guardar su silla. Baja más despacio de lo que solía años atrás por los achaques de su edad, pero con la misma decisión, si no más. Allá en el puerto, amarrada a un bolardo oxidado, se encuentra “Sueños”, su antigua barca de pescador. La madera estaba ya carcomida, los cristales de la cabina rotos, y las redes descosidas, pero ésa es, no cabe duda. Martí monta en “Sueños”, y arranca el motor, que profiere un sonido que le es terriblemente familiar. Enfoca su barca mar adentro, y sigue su camino hasta el atardecer. Martí se encuentra feliz, muy feliz, vuelve a estar solo, junto a sus dos mejores compañías, “Sueños” y el mar. El sol estaba casi oculto ya, y la marea comenzaba a subir. La endeble barca se movía de lado a lado, y los brazos débiles de Martí no pudieron agarrarse con fuera de Pamplona la fuerza necesaria al timón, así que cayó fuera de la barca. Una enorme ola removió otra vez la barca y a Martí, que colgaba aferrado a una red. La trepó, y consiguió volver a su barca pesquera. Se metió en la cabina, e intentó maniobrar la barca, pero fue en vano. Martí no tenía miedo, él sabía que era pescador, y que antes o después encontraría la muerte en la mar. Como tantos otros del pueblo. Como tantos amigos. Como tantos sobrinos, padres o incluso algún hijo. La noche era ya cerrada, y el viento silbaba aterrador como una siniestra armónica por entre los cachivaches de pesca. Otra enorme ola impactó de frente en la barca, haciendo añicos los cristales de la cabina, que comenzó a inundarse y forzó a Martí a salir de ella, que resbaló y quedó enredado entre las redes de pescar. Una nueva y enorme ola se precipitaba contra la barca furiosa, y Martí la contempló con un cariño casi paternal. “Ahí está” pensó para sí. La ola engulló la humilde barca que estalló en miles de astillas, y el motor dejó de emitir su chapoteo. Martí, atrapado entre las redes como los tantos peces que él había pescado en su vida, no pudo nadar y se sumergió en el mar, junto a los restos de su barca. Pero está feliz, muy feliz. Porque él no podía engañarse. No iba a morir como un cualquiera en una cama, solo, en su casa estrecha y húmeda. Él era pescador. Y su destino, como el de los maridos de otras tantas “viudas”, era morir en el mar. Y Martí no quiso engañar al destino. Cumplió con él. Su visión se nublaba, su cabeza le daba vueltas, y lo último que vio fue el oscuro mar, quien ya se había tragado otros tantos seres cercanos suyos que ahora no eran más que recuerdos, tal y como iba ahora a ser él. Vio cómo su mar, suyo desde su más tierna infancia, sus años mozos e incluso su senectud, se lo tragaba a él y a sus “Sueños”. Y nunca jamás había sido tan feliz.

Ensayo sobre la alegría

Todos hemos sentido momentos de alegría. Hay muchos motivos para ello, ya sea que la selección española haya ganado el mundial (lo siento, pero jamás diré que ha ganado España, ya que eso sucederá cuando reduzcamos el paro y salgamos de la crisis, no por ganar el Mundial),  que nos hayan dado una buen noticia… Pero, yo me pregunto, ¿qué es exactamente la alegría? Es una especie de sensación de bienestar, de satisfacción. Se podría decir que es la alegría es como la felicidad, pero en un lapso de tiempo más corto.

Y si, efectivamente, la alegría es en períodos cortos, podemos hablar de, por ejemplo días alegres. Y no sé, pero hoy tengo uno. Bueno, sí se, pero no voy a escribirlo. Hay muchos sentimientos que se deben guardar para uno mismo. El caso es que muchas veces la razón de un sentimiento no radica en nosotros mismos. Es cierto que, por ejemplo, aprobar un examen es un sentimiento de alegría que sí radica en uno mismo, pero, ¿y la alegría de saber por ejemplo que a un amigo le ha sucedido algo bueno? Siempre he pensado que lo mejor de un sentimiento es que se pueden compartir. Pero como he dicho antes, compartir no es exactamente decirlo. Es notarlo. Ver un reflejo especial en una mirada, que te transmita parte de la alegría de otro. Ver una sonrisa. Ver una lágrima. Aunque parezca mentira, la palabra no es el mejor medio para expresar una idea.

Hoy he visto una sonrisa. Una sonrisa sincera. Una sonrisa que tenía parte de felicidad, parte de complicidad, y un toque de agradecimiento. Y no ha habido palabras de por medio. Y creo que precisamente por eso el mensaje, la transmisión, es más efectiva. La felicidad no está en decir que se es feliz, sino en conseguir con apenas un gesto de un segundo, transmitir toda tu felicidad a alguien con quien has decidido compartirla. Y eso es algo increíble. Que en apenas un segundo se pueda compartir una alegría que puede durar días. Que nadie se olvide de sonreír. O de llorar. O de cualquier cosa, siempre que sintamos la necesidad de ello. Puede parecer una tontería, pero que un amigo comparta contigo una sonrisa puede ser maravilloso. Y creo que la próxima vez que le vea, se la devolveré.

No a los asesinatos

Y no, esto no va por la ley del aborto. Desde aquí voy a hacer un rotundo llamamiento a los pocos lectores que sé que tengo. Pero hay algo contra lo que quiero luchar siempre que pueda y daría todo por esa lucha. Hoy he estado escuchando a un brillante orador darme una conferencia sobre que habría que hacer “tiros selectivos” a determinadas personas de la sociedad. Eso en mis palabras, en las suyas era “a algunos”. Y ahí radica la diferencia. Parece que él no los veía como personas.

Hoy hay un enorme problema contra el que abiertamente me manifiesto en contra: el terrorismo. Asesinar. Matar. A gente, nada menos. ¿Acaso no se dan cuenta de lo que están haciendo? Ellos desprecian la vida, pero sólo la de los demás. Son más egoístas que aquellos contra los que luchan. Y no se dan cuenta de ello. Bueno, sí se dan cuenta, pero no lo dicen, porque entonces pierden la razón. Pues no resulta encima que son las victimas. Se inventan que sufren de algo y la solución es devolverlo multiplicado. Porque, señores, no lo voy a hacer nunca, pero aún suponiendo que tengan la razón, nunca jamás aceptaré que una privatización de la libertad sea vengada con una muerte. La muerte prematura es horrible. No sólo para el asesinado, que pierde todo en un único coche bomba, atentado, o disparo cobarde en la nuca, como nuestros amigos vecinos suelen hacer. Una muerte nunca venga nada. Gandhi dijo una vez “ojo por ojo y todos tuertos”. Hay que ver cómo se parece la palabra tuerto a muerto.

No me estoy metiendo con nacionalistas vascos, dios me libre. He conocido a muchos que son personas maravillosas y que defienden su ideología como debe ser, en las urnas. Sin armas. Sin muertes. Sin madres que pierdan a sus hijos. Sin mujeres que pierden a sus maridos. Sin perder a nuestras madres y padres. A nuestros amigos. A personas. A gente que respira. Gente que sonríe. Gente que compra el pan. ¡Gente! ¡Son personas! ¡Como tú y como yo! ¡Como el lechero de la esquina! ¡Como el presidente del gobierno! Serás buena persona, serás mala persona, te tendrán unas ganas de la leche. Pero eres una persona. Un ser humano. Que de niño, como tú, jugaba a la pelota. Y que a los doce años, se enamoró en secreto de su vecina, y se ponía colorado al verla en el rellano. Y, como tú, le gustaba la música de Amaral, o de Leño, o de Barricada, o Ken Zazpi, quién sabe. Pero como a ti le gustaba la música. ¿No lo veis? Somos iguales. Y, ¿sabéis por qué? Por una única razón: porque compartimos una vida. Y eso es lo más hermoso que existe. Saber que todo lo que tu sientes los sienten también tus semejantes. Que ellos también se enamoran, y lloran cuando ven a sus hijos en la función de teatro de la escuela haciendo de oveja, ¡si es que hay que ver lo bien que bala! Quién te iba a decir que ese hijo tuyo que hacía de oveja, iba dentro de treinta años a ser juez, o político, o empresario, e iba a recibir un disparo en la nuca. Y que treinta años después, su madre iba a llorar al encontrarse en el armario el disfraz de oveja de su hijo, que le fue arrebatado de la forma más cruel y cobarde, por la espalda. Lo más común que tenemos todos los seres humanos de este maldito y esférico planeta es la vida, ¿y hay algunos que precisamente quieren quitar aquello que más nos une, seamos blancos, negros, empresarios, jornaleros, izquierdistas o de derechas?

La madre que se encontró el disfraz de su hijo asesinado en el armario no es la mía. Ni es la tuya. Ni seguramente sea la del vecino. Pero sí las hay, e incluso puede ser que nos toque de cerca. No se vosotros, pero yo estoy harto de que haya gente que al ver que no vence por la vía electoral, opta por las armas. Eso fue lo que hizo Mussolini. Y yo no quiero ver más niños que pierden a sus padres porque pensaban distinto y lo defendían en el parlamento. Y no quiero ver más madres que pierden a sus hijos porque estos lleven una empresa y ganen dinero. Y lo último que quiero ver es a alguien coger una pistola una bomba o un tirachinas para cometer un rastrero asesinato. Por favor, quien vaya a hacerlo, que se dispare a él mismo. De verdad. Nos haría un favor. Y a mí en particular.

Un beso y una flor

Recuerdo la primera vez que oí esta canción. Fue en un karaoke que organizaba mi instituto en el Día del Centro. Era, al fin y al cabo, una excusa para hacer un día sin clases antes de Semana Santa. Recuerdo a dos amigos míos cantarla, y se me quedó grabada en mi mente. Recuerdo que fui a una gasolinera para repostar la scooter que tenía antes, y la iba cantando. No tardó en llegar a mi MP3, y así, en cierto modo, Nino Bravo fue compañero mío allá por 2006, cuando yo tenía catorce años. Me acompañaba allá donde yo fuera, sólo necesitaba unos auriculares, y ¡ya estaba! Y lo recuerdo bien. Yo solía quedar con un amigo en el monumento a los fueros, en el Paseo Sarasate, y para ir desde Barañáin, cogía mi motillo y me dirigía allá, tarareando a Nino Bravo. Recuerdo que solíamos sentarnos en un banco, y charlar toda la tarde. Cuando oscurecía, el subía a su villavesa, y, como un ritual de despedida, el sacaba su tarjeta bonobús y yo las llaves de la moto. Ese fue un año intenso. Lleno de progresos y de aprendizaje. El año especial en nuestra adolescencia que todos hemos tenido. Y es que todos recordamos nuestras amistades, a aquel primer amor adolescente, aquellos cambios… en definitiva, aquel progreso en la vida. Veo aquellos días de mi adolescencia desde ahora, y me veo como un crío, aquel crío que, emocionado, empezaba a encontrarse frente a frente con la vida. Con sus decisiones. Con sus responsabilidades. Es una etapa que yo recuerdo casi mágica, de hecho. Cada día era una nueva aventura, pero eso no lo ves hasta unos años después.

He oído esta canción en la radio antes, en el coche, intentándolo aparcar, y no he podido evitar dejar escapar una sonrisa. Una de esas sonrisas nostálgicas que todos ofrecemos a veces. Una sonrisa que escondía días enteros y muchas primeras veces. Y ¿sabéis qué? No quiero perder ese espíritu, el alma del chaval que me viene a la cabeza con esta canción. Mañana será el primer 20 de junio de este año 2010. Y pienso disfrutarlo como primera vez que es.

¡Liberales al poder!

Algunos de los pocos que me leen sabrán que aunque me guste mucho Pérez-Reverte, nunca me ha gustado esa forma de escribir que tiene llena de tacos. Pues bien, hoy la he entendido. ¡Sí señores, la he entendido por fin! ¡El hombre lo que hace es quedarse a gusto! Y ¡qué demonios! ¡Yo también me quiero quedar a gusto, leches!

Hoy me he dado cuenta de que España parece una comedia musical. Si alguien no se lo cree, que ponga el telediario y se dará cuenta de esto. No tenemos a Peter Sellers, ni a Charles Chaplin, pero tenemos a gente ¡aún mejor! Tenemos unos sindicatos, que, sabiendo de la crisis, no hablan de que habrá que trabajar duro para salir de ella, ¡sino de una huelga general! Quizá sea por eso que a países como Alemania les va mejor en la crisis que a nosotros, pero, ¡qué leches! ¡Nosotros hacemos huelga porque molamos más! ¡Si es que somos unos liberales! Somos tan liberales, ¡que hasta nos quitamos derechos con tal de ser un poco más liberales! Oye, pues no somos ni poco los españoles, ¡que nos quitamos el derecho de libertad de religión porque es más liberal no llevar burka! ¡Claro que sí! Supongo que este es el momento donde las masas salen a la calle a hacer hogueras y beber alrededor de ellas porque somos progresistas. ¡Y no lo somos ni poco! Y es que en España tenemos ganas de ser un libro con una muy buena portada. Si luego el libro es una reluciente mierda nos da igual, ¡porque tenemos una portada y una apariencia increíbles! Por haber, no hay ni punto medio. O nos adelantamos como los que más, como con el asunto de Bolonia, o somos los más rezagados en materia económica. ¡Otra fastuosa maravilla de España: luce más al extranjero un plan Bolonia que una buena administración económica, ya que lo segundo es sólo cara a nosotros! Qué maravilla de país. Si es que nos da igual que una mujer quiera llevar burka porque ella ha elegido seguir esa religión y, por tanto, quiera también seguir su doctrina, eso no es liberal. ¡Es mucho más liberal un español cristiano que se postula como creyente no practicante! ¡Eso es una maravilla! ¡Decir que se es defensor de unos ideales que luego no lleva a cabo! ¡Viva la hipocresía española! Bueno, perdón, que no es hipocresía, ¡es que somos liberales! Porque, ¿saben qué? España lleva siglos a la cola de Europa, pero nos apetece eso de intentar dar la imagen de que somos liberales. ¡Lo intentó Isabel II y nosotros no seremos menos! ¡Que España es mucha España! Y es más, ya que suena muy muy liberal, ¡vamos a ser República! Tres cuartas partes no saben de qué va el rollo, ¡pero da igual! ¡Que suena mejor que monarquía! ¡Y vamos a apelotonarnos contra la Iglesia Católica! No de forma educada y exponiendo sus errores reales, que eso sería una crítica constructiva y beneficiosa para todos, ¡mucho mejor hacerlo porque sí y porque está de moda! Que esa es otra, los españoles vamos siempre a la última. Y es que a este paso, seremos la última nación de Europa. ¡Fijo que entonces ligamos como los que más! ¿Verdad? Bah, mejor me callo. Olvidé que somos favoritos en el mundial. Eso nos perdona todo.

Gloriosos

Gloriosos

Él abrió la puerta de su Aston Martin clásico, vestido como siempre con un impecable traje italiano a medida, esta vez compuesto de un dos piezas gris marengo, una camisa blanca con cierre de botones estilo francés y puño para gemelos, y una corbata de seda de un resplandeciente color champán. Se apeó de su coche, apoyando el pie con firmeza sobre el asfalto adoquinado. Se irguió con firmeza y rapidez, no por ello exentas de una incuestionable elegancia. La noche iluminada por la luna llena estaba llena de matices entre el negro y el azul, así como reflejos de las escasas luces que aún alumbraban la ciudad. Cerró su coche, y se dirigió a un bar próximo, donde pidió que le sirvieran una copa del mejor champán que tenían. La tomo con delicadeza, como solía, disfrutando de cada burbuja, de su textura, de esa sensación que sentía cuando pasaban por su garganta. Hoy estaba de especial buen humor. Había cerrado el negocio con los californianos para la importación exclusiva a nivel nacional de microchips desde Silicon Valley. Un buen pellizco, como decían en su empresa. Debido a ello, y, por qué no, también a que le apetecía, había ido a cenar a su restaurante favorito, donde había degustado ostras, caviar en yema de huevo, bistec al roquefort, filete tartare, y médula helada, mientras tomaba un Marqués de Cáceres reserva del 2004 y un Martín Códax. Allí, en el restaurante, había conocido a Eva, una joven camarera de 25 años, de aproximadamente un metro setenta, cincuenta kilos, un sedoso pelo moreno brillante que había recogido en un pequeño moño (que, después, en el asiento trasero de su Aston Martin, había descubierto que era más largo de lo que pudiera parecer), delgada y con un bello y prominente busto, aún más acentuado por la camisa negra que vestía escotada de uniforme de trabajo. Después de la cena, había ido a ver a Tatiana, una representante de ventas búlgara que estaba allí por unos días y que conoció en una reunión de la empresa, a quien sorprendió apareciendo en su habitación del hotel con unos bombones y una docena de rosas rojas. Después de una exacerbada noche de sexo con Tatiana, optó por dejar una última rosa para ella en recepción, aprovechando para flirtear con Susana, la pelirroja recepcionista del hotel.

Ahora, ya fatigado después de su noche, estaba descansado en su bar favorito con esa última copa de champán antes de ir a su lujoso ático en pleno centro de la ciudad. Metió la mano en el bolsillo interior del traje, y sacó su pitillera de plata personalizada con sus iniciales en oro blanco. Sacó uno de sus cigarrillos mezcla especial de dos tercios de tabaco americano con un tercio de turco, y, tras ponerlo en su boca, fue a encenderlo con su Dupont a juego con la pitillera. Tomó una fuerte calada, y exhaló el humo por la nariz. Cerró los ojos y saboreó el instante como si se tratara de una mujer apenas sí vestida en su cama ofreciéndole sus placeres.

Al abrirlos, vio a su lado a un hombre de unos sesenta años, peinado con cortinilla en un vano intento de ocultar su más que evidente pérdida del pelo, y que vestía unos anticuados pantalones de  pana gris y una americana marrón, ya cedida y holgada por el uso a través de los años. Tenía una apariencia cansada, y un aspecto desaliñado, y en su expresión se intuía un ligero complejo ante el hombre trajeado y triunfador de su lado.

-¿Una mala noche? –le preguntó al extraño individuo, a la par que le ofrecía uno de sus cigarrillos, que aceptó con buen grado.

-Espantosa. Y el día no ha hecho más que comenzar.

-¿Trabaja usted de noches?

-¡Si sólo fuera eso! Trabajo todas las noches, de lunes a sábado, y de martes a domingo por las mañanas. Y para ganar una puerca miseria, ¡ya ve usted –durante un instante se hizo el silencio, en lo que el misterioso hombre tomaba una calada-! Magnífico cigarrillo. ¿Puedo preguntarle dónde los consigue?

-En un estanco de una calle no muy lejos de aquí. Es una mezcla de tabaco turco con americano.

-Muy extraño hoy en día alguien que no fume una marca más conocida y comercial. Tienen un intenso aroma extrañamente dulzón. A pesar de todo –dijo con picardía-, no ocultan su obvio olor a perfume femenino.

-Bueno –dijo, ruborizado ante el comentario del extraño-, ha sido una noche afortunada.

-Tiene usted aspecto de ser de los que tienen muchos días y noches afortunados, ¿me equivoco?

-Bueno, no le negaré que he tenido buena suerte en la vida.

-La verdad es que ninguno de los dos nos podemos quejar, señor. Ambos somos afortunados. Gloriosos, diría yo.

-¿Cómo dice?

-Gloriosos. Mire –dijo, mientras sacaba una andrajosa y desgastada cartera de imitación a piel, y hacía aparecer unas fotografías-: mi esposa, mi hijo y mis dos hijas. Aquí donde ve a mi hijo, esta a apenas semanas de su boda con la chica de la que llevaba enamorado desde los trece años. Y mis niñas, ¿verdad que son preciosas? Una esta ahora a punto de empezar la carrera, y esta, la menor, toca el piano. Es muy buena, ¿sabe? Dicen que tiene mucho futuro. Y qué le puedo decir de mi mujer. Es un cielo la buena mujer. Siempre que llego a casa me recibe escondiendo un bombón en una parte distinta de la casa, ¡y no me da de comer hasta que no lo encuentro –dijo entre risas-! Es una lástima que la caja esté ya vacía…

-¿A qué se refiere?

-Le diagnosticaron cáncer terminal muy avanzado. El otro día escondió su último bombón –comenzaron a resbalarle lágrimas por su rostro-. Apenas le queda una semana.

-Lo siento.

-No se preocupe. Esta semana va a ser la mejor de todas. Voy a gastar todos los ahorros que me quedan en un gran viaje con ella. Siempre quisimos conocer Venecia, ¿sabe? Ella solía pintar dibujos de los canales que luego enmarcábamos. ¡Y finalmente los canales no estarán en un papel sino que los vivirá! ¡He reservado en un hotel en plena plaza San Marcos! ¡Le pienso dar todo lo que no he podido darle en estos cuarenta años!

Mientras terminaba sus últimas burbujas del delicioso champán, fue sacando monedas que dejó en la barra para pagar la copa. Se despidió del hombre, y se dispuso a salir. Sacó las llaves de su Aston Martin, pero cuando llegó a la puerta del bar se paró en secó. Se giró, y miró nuevamente al hombre, que aún disfrutaba de su cigarrillo.

-Disculpe –le dijo-, ¿cómo irán a Venecia?

-Todavía no lo sé.

-Tenga –y le lanzó las llaves de su coche-. Coja el mío. Es el deportivo gris de ahí fuera.

El hombre recogió las llaves, absolutamente boquiabierto. Tras una última y sincera lágrima, levantó la vista buscando al hombre para agradecérselo, pero ya se había marchado.

“Ese hombre estaba equivocado”, pensaba mientras se alejaba del bar y de su coche, y volvía andando a su casa, “él es más glorioso que yo”.

Yo conozco a Mamen

Me gustaría compartir con vosotros este texto que escribió Maite Pagazaurtundúa a raíz de la escena de teatro que os he puesto. Me parece que puede ofrecer una interesante reflexión que nos afecta y todos y sobre la que hay que tener ideas claras.

 

Yo conozco a Mamen

Sí, conozco gente joven como Mamen. Silenciosos, como gatos por no desvelar la persecución de su padre o madre. Conozco gente joven como Mamen que ha tenido que abandonar las calles donde se crió, los amigos de su infancia porque sus padres -ella misma- corría riesgo por la persecución de fanáticos que se creen víctimas. Conozco gente joven como Mamen ya huérfana, de la que se han reído cuando paseaba por la calle. Los que colaboran con los asesinos se ríen de gente como Mamen, atacan a gente real, de carne y hueso, pero se creen invadidos y no sienten ninguna responsabilidad por el dolor que causan. Las fórmulas del acoso tienen muchas cosas en común: el mobbing, el bullyng, el acoso machista, la persecución por fanatización ideológica o religiosa, que necesitan la invisibilidad de la víctima, la insensibilidad de los que rodean a la víctima, la culpabilización de la víctima. Sólo rompiendo los velos del miedo ayudaremos a las víctimas, pero también a los verdugos. También a ellos.

Guarradas en la mesa

Presento la siguiente situación: una obra de teatro, dos personas conversan a un nivel tan bajo de decibelios que ni los actores, ni las personas sentadas alrededor de la pareja, se sienten molestados por la conversación. Seguro que ahora mismo todos pensarán “bah, si no molestan a nadie no hay mayor problema”. Pero, ¿es esto cierto? ¿No están molestando a nadie?

Pues yo creo que sí molestan. Se están molestando a ellos mismos. Pero, como saben que nadie fuera de ellos mismos será molestado ni se enterará de que ellos hablaban, su estatus social quedará intacto. Pero, ¿no es cierto igualmente que su estatus personal se verá dañado? La gente pensará que respetan al actor y no hablan durante la función, pero sí lo hacen. Ofrecen una imagen errónea de ellos mismos. Es como alguien que siempre que va a un restaurante es el más educado de la mesa al comer, no obstante, cuando está sólo en su casa, come con los dedos y encima no se lava los dientes. Es un hombre que traiciona sus propios principios. Y, por mucho que no lo parezca, es un maleducado. Y es él el primero que debería darse cuenta.

Este hombre bien educado de puertas hacia fuera y tan maleducado de puertas hacia adentro después despotrica sobre presuntos políticos que son corruptos. Pero curiosamente, él mismo es también corrupto ¿no? Corrompe sus principios. Está exigiendo algo en lo que ni él cree. “Es distinto” dirán algunos. “El político daña a la sociedad, y el hombre sólo se daña a sí mismo”. Pero, si una persona no se respeta a él mismo, ¿puede respetar a los demás? Imposible.

“Cada cual hace lo que quiere” dirán ahora otros. “Si hay libertad, cada uno hace lo que quiere. Además, la libertad llega hasta donde empieza la del otro, entonces, si a mí no me afecta, me da igual”. Bueno, es otro punto de vista. Ahora quiero que la gente piense que está paseando por la calle, y ven en una esquina a un hombre inyectándose heroína. “Eso me da igual, se hace daño a sí mismo”. Pero ¿no es cierto que por dentro piensan “pobre hombre, qué pena me da”? “¿Qué habrá pasado para que haga eso?”.

Y si este argumento no ha convencido a nadie, escribo otra situación más: una persona se intenta suicidar tirándose desde su ventana. Acto seguido, cantidades ingentes de personas, como bomberos, policías, aparecen en el lugar para evitar que esa persona salte. Sinceramente, si fuera cierto eso de “cada uno que haga lo que quiera”, los bomberos o los policías no acudirían ¿no? El que va a saltar es libre. Y sin embargo, aparecen. Entonces eso de “cada uno hace lo que quiere” igual no es válido, ¿no?

El hombre que cuando está sólo come con los dedos, aunque luego la gente le aplauda por ir a un restaurante y saber utilizar de forma correcta y elegante veintiocho tipos distintos de tenedor, sabrá que no es más que un guarro. Si tiene moral, y tiene algo de aprecio por él mismo, sabrá que es un guarro. Y probablemente eso haga que cuando la gente le diga “qué educado eres”, no se lo crea. Porque sabrá que es un guarro.

Es igual de guarro el que come con los dedos con gente delante o sin gente. Pero que ninguno de los dos exija después que la gente coma con tenedor. Porque él es un guarro. Aquel que puertas hacia adentro no sea una cosa, que no exija a los demás que lo sean, porque ni él mismo se termina de creer lo que dice. Pero eso deja una pregunta abierta; el hombre que come solo con los dedos pero luego con tenedor, ¿tendrá la conciencia de aceptar que es un guarro?

Javierada

Este sábado fue la primera javierada del año 2010. Iniciadas en 1940, son peregrinaciones hasta el castillo de Javier, una importante fortaleza hasta la unión del Reino de Navarra con el de Castilla, donde dejó al margen su papel de fortaleza para centrarse en el de residencia; y es de ese castillo de donde proviene el patrón de Navarra San Francisco Javier. Misionero del siglo XVI, cofundador de la orden de los Jesuitas, la Compañía de Jesús, junto con su colega en la Sorbona San Ignacio de Loyola.

Y ahí estaba yo, a las 6:30 de la mañana del sábado, a punto de iniciar la peregrinación, pensando que cualquier otro sábado ésa hubiera sido mi hora de llegada a casa, no de salida. En cualquier caso, deportivas y chándal puestos por primera vez en meses, comenzó la marcha, programada con tres paradas de veinte minutos cada una.

Y la gente preguntará, ¿para qué esa paliza? ¿Para qué estar caminando once horas sólo para al llegar poder decir “lo he hecho y ya he hecho mis peticiones al santo”?

Pues la verdad, creo que será la primera vez en este blog que ni siquiera se intente dar una respuesta a algo, porque, la verdad, es que no sabría ni yo explicar la respuesta. Recuerdo conversar con mi abuelo, que también la había hecho, y la evocaba con una sonrisa y la mirada perdida, con ese brillo en los ojos exclusivo de la gente mayor que recuerda un buen momento de su juventud. Y yo me pregunto si dentro de cincuenta años, mis nietos me harán la misma pregunta, y si yo pondré también ese brillo inconsciente. ¿Alguna vez os habéis fijado en ese brillo? Te contagia la sonrisa. Durante unos segundos, tratas de imaginar cómo era esa persona cuando tenía tu edad, y, como tú, hacía la javierada, estudiaba, o se iba a los bares de entonces. Año tras año la misma javierada. Año tras año el mismo brillo en los ojos. Sean o no santos, creo que todas las personas tienen algo milagroso en ellas.

Ridi, plagiaccio

Bueno, lo primero de todo excusarme por este largo mes sin ninguna actualización; es lo que tiene que se fastidien los ordenadores, sólo sirven para cultivar la paciencia y mejorar la ciencia de sentirte incomunicado. Pero aquí hemos vuelto e intentaré retomar las actualizaciones periódicas.

Probablemente alguno ya lo sepa, pero a los que no, os digo que una de mis grandes pasiones es la ópera. No soy ningún erudito del tema, apenas conozco un par de obras y de autores, pero aún así la adoro. Y hace poco estaba escuchando el fantástico aria del final del primer acto de la obra “Pagliacci”, el “Vesti la giubba” (“Viste el traje”), de un compositor de finales del XIX italiano llamado Ruggero Leoncavallo. La obra, de 1892, narra la historia de un grupo de payasos que llega a un pueblo a dar una función, y uno de los payasos, Canio, descubre que su mujer Colombina está siendo cortejada por otra persona. Roto por la desesperación, canta este aria donde se plantea el que a pesar de todo debe mantener la compostura durante la función de esa noche, a pesar de estar destrozado sentimentalmente. Finalmente, al final del segundo acto, acaba con la vida de su mujer y de su otro pretendiente en medio de la función, haciendo ver que forma parte del espectáculo. La obra termina con un irónico “La commedia è finita”, al tiempo que cae el telón y se ven los cuerpos inertes de los amantes.

Pero, como he dicho, el gran momento de esta obra es, al finalizar el primer acto, el aria que he puesto en el vídeo, interpretado por el que probablemente sea mi tenor favorito, Plácido Domingo. Canio teniendo que fingir una integridad absoluta a pesar de que está absolutamente destrozado en su interior. Al final del segundo acto su desquicio culmina en un asesinato ante un pueblo entero, que inocentemente contempla la atrocidad como una parte más de la obra, completamente inconsciente de la realidad. Disfruta de la muerte que le es servida como mero espectáculo. Suena a barbarie,  ¿verdad? ¿Pero no es acaso lo que nos ofrecen hoy en día como entretenimiento? ¿Acaso no recibimos continuamente imágenes a través de esa mitad maravilla mitad esperpento llamada televisión sobre muertes que, como nos son servidas cubiertas por una fina capa de dulce de leche, nos deleitan como espectáculo? No estoy hablando de no mostrar las cosas tal y como son, sino de que ahora parece necesario el añadir algo de hiperrealismo para mostrar las cosas no como son sino más cruentas a fin de vender más. Curiosamente, si esto nos lo sirve Canio nos parece horrible, pero cuando nos lo sirven a granel a través de las supuestas noticias, es el gran placer y avance de la actualidad del derecho a la información. Efectivamente, “la commedia è finita”.

Terremoto en haití

Leyendo el periódico, descubro que en Haití ha ocurrido una verdadera catástrofe. Sí, sí, Haití, ese pequeño país que comparte con Puerto Rico la isla de La Española, y que es el más pobre de América. Un terremoto de 7 grados Richter, equivalente a 400.000 toneladas de TNT. Y se ha cifrado la cantidad de muertos en más de cien mil (Dios quiera que cuando se publique la cifra oficial el número haya descendido notoriamente).

Recuerdo una excurión que hice con nueve o diez años con el colegio a un Museo de las Ciencias. Allí había un simulador de terremotos. Era una plataforma que se movía en pequeños circulos, y subí con unos amigos. Recuerdo que la intensidad que imitaba era precisamente de siete grados en la escala Richter, y tras las sacudidas (que a mí no me parecieron en ese momento para tanto) pregunté a la guía: "¿y es sólo esto un terremoto de siete grados?". Entonces ella me dijo muy locuazmente: "¿crees que tu casa lo aguantaría?". Y entonces pensé (pero no lo dije) que por supuesto que no. Me di cuenta de que me había parecido poco porque sabía que la plataforma iba a moverse y por las medidas de seguridad, etcétera. Pero, ¿y una casa en un momento inesperado? En absoluto. Y eso mi casa, ni mención hablar de las casas de Puerto Príncipe. También tengo el recuerdo de que dijo que el famoso meteorito que impactó contra la Tierra en el 65.000.000 antes de Cristo (o antes de la Era Común para los que tengan reparos en utilizar la nomenclatura habitual, que, con perdón, manda narices).

Con este terremoto me han venido a la cabeza recuerdos de otros años: el famoso tsunami del sudeste asiático en 2004, el Katrina que arrasó Nueva Orléans en 2005... Es impresionante pensar en la fuerza que tiene la naturaleza.

Los Reyes Magos

Los Reyes Magos

El otro día, a la noche, tres hombres (ya bastante mayores, no creáis), se deslizaron casa por casa, dejando regalos a sus habitantes, siempre que se hubieran portado bien; y a los que no, les dejaron en ofrenda trozos de carbón.

Y sí, señores, los Reyes Magos llegaron el miércoles. Hay que ver, ya quisiera yo tener esa vitalidad al llegar a los dos milenios. Y es que cuando llegan los Reyes Magos, los niños se portan bien y se acuestan temprano, y los padres corren a los centros comerciales a pasar la tarde sólo esperando en la cola de la caja. Son algo así como el glorioso punto final a las navidades. ¿Quién de nosotros no se ha acostado nervioso el cinco de enero, sin poder casi conciliar el sueño pensando en qué traerán los Reyes este año? ¿Les llenará de orgullo y satisfacción a Sus Majestades traer regalos a todos? ¿De dónde son Reyes? ¡Y qué más da! ¡Ahí está la magia!

Pero no toda la gente ha tenido unos buenos Reyes Magos. Me pregunto si, por ejemplo, el chamaquito de Oswaldo de hace un par de entradas habrá recibido la bicicleta que quería. O ese niño de cinco años que pidió que a su abuelita le dejara en paz el señor Alzheimer, como lo llamaban sus papás, que hacía que la abuela se olvidase de él y no le reconociera cuando jugaba con él. O esa niña que pidió que su papá dejara de pegarle cuando bebía. El que pidió que o su papá o su mamá dejaran de estar en el paro. O la que directamente pidió unos papás porque los suyos se habían ido al cielo.

Incluso, hay gente que perdió la esperanza en escribir la carta, porque sabía que no iba a recibir lo que quería. Como ese hombre mayor que pretendió pedir un mes más resistiendo al cáncer para poder ver a su nieto nacer, o la mujer anciana que quería volver a tener a su difunto marido para apaciguar su soledad.

Los Reyes Magos pueden traernos cosas materiales siempre que podamos permitírnoslas. Pero por lo que se ve no pueden hacer milagros. ¿Son magos entonces? ¿O sólo reyes? Lo que ocurre es que ellos no se bastan por sí solos. Tal vez nos toque a nosotros poner la magia en tanto que podamos. Y podemos. Porque las personas son el ser más mágico de todos.

Otro año más

Otro año más, como dice la canción. Otro año con sus doce meses, sus sanfermines, sus secuestros de barcos, sus trajes regalados, sus canciones, sus operaciones de la Esteban, sus Marta del Castillo, su violencia machista (como la llaman ahora en vez de la antigua violencia de género)… Un año completo, ¿verdad?

Pero bueno, así han sido todos. Año nuevo, vida nueva dicen. ¡Venga ya! La vida sigue igual. Por mucho que nos esforcemos, no desaparecerán en una sola nochevieja los problemas que nos han azotado desde siempre. Y es que este año tendremos los mismos, y al siguiente, siguiente… Un nuevo año, y aunque nos intentemos convencer de lo contrario, lo único que cambiará será la moda en ropa y la canción del verano. Porque señores, efectivamente, en este año nuevo, las resacas seguirán existiendo. Y seguirá ocurriendo que habrá paro. Igual que habrá desigualdades entre la gente. Y corruptos. Y terrorismo. Y la tostada se caerá por el lado de la mantequilla. Y sí, sí, el autobús se marchará de la marquesina justo cuando llegues a ella. Este año tendrá los mismos problemas que el año pasado.

Y aún con todo, yo me digo: “este año volverá a ser maravilloso”.

Soldados de Salamina

La escena de ese vídeo pertenece a la película “Soldados de Salamina”, del director David Trueba. Está basada en la novela del escritor extremeño Javier Cercas, que narra la huida del fusilamiento de Rafael Sánchez Mazas, uno de los falangistas fetén y creador del grito de “¡Arriba España!”, durante su hacinamiento con otros falangistas en la Guerra Civil Española. Ya sé que es la segunda vez que escribo sobre esta canción en menos de dos semanas, pero es que viene de perlas para el asunto.

El pasodoble, compuesto en 1902, es sin duda uno de los más emblemáticos. “Suspiros de España”, ¡si es que hasta el título es patriótico! O eso pensarían en esos años. Y yo me pregunto, ¿Qué puede pensar uno de esos falangistas viendo a uno de sus enemigos republicanos cantar esa canción? Porque es curioso, pero ésa fue la única canción que se cantó en ambos bandos de la Guerra Civil. Republicanos y nacionales, ambos cantaban y sentían lo mismo. ¿Por qué la Guerra entonces? Por pequeños matices que fueron convertidos en hipérbole, estallando así una devastadora guerra que incluso sirvió a otras potencias (como la Alemania Nazi con la Legión Cóndor) como prueba de su efectividad en la inminente Segunda Guerra Mundial (incluso en esas ocasiones vamos al arrastre del resto de Europa).

Hay muchas veces que cuando nos hierve la sangre no somos capaces de razonar un poco, y no podemos entonces ver la postura y la opinión del de enfrente. Y si lo hiciéramos, tal vez veríamos que no son tan distintas. Y si aplicáramos esto a esos intransigentes en política, religión e incluso fútbol y demás deportes, tal vez podríamos hacer de este mundo algo mucho mejor. Hic et nunc.

La decadencia de la sociedad

Hoy me ha tocado cenar solo, y he tenido la muy mala idea de encender el televisor. He puesto una cadena de la que prefiero no citar ni el nombre, y me he encontrado con un esperpéntico personaje, de pelo muy corto casi rapado, omnipresentes gafas de sol, y cuya única misión en el mundo parece ser despotricar del resto. Sí, señores, estoy pensando en quien ustedes piensan, no sabía yo que ahora las cadenas ofrecían espacios incluso a él.

El hombre estaba sentado en su sillón, y con una terrible falta de educación, insultaba a otras personas (que, si bien tampoco eran ejemplos a seguir) sin la menor crítica constructiva o respeto a su persona. Porque una cosa es que sean también unos personajes y otra muy distinta que no tengan respeto; y rebajarse al nivel de otros con el argumento de que “ellos también se comportan así” no excusa nuestro comportamiento. Porque señores, que alguien nos haga algo no significa que podamos hacerle lo mismo: entonces nosotros no sólo habremos pecado de lo mismo, sino que habremos fallado a nuestros principios, y ese es el principio de la corrupción: se empieza por no respetarse a uno mismo, y entonces difícilmente se respeta a los demás. Si alguien no respeta por ejemplo su honradez, es imposible que respete la de los demás. Y ahí comienza el declive de una persona, y si es de muchas, de la sociedad. Y lo que hacía este presentador era eso: no respetar a la gente sin respetarse a sí mismo (afirma decir las cosas como son y ser un valiente pero las gafas las utiliza para que no le reconozcan por la calle y le puedan recriminar). Ahí tenemos un claro ejemplo de un hombre que no respeta el ser sincero consigo mismo, y entonces, ¿qué más le da mentir sobre los demás? Ahí tenemos un hombre que empieza a corromperse.

Que en la televisión abunde gente así es preocupante, pero si algo me asusta más es que la gente se contagie. Me da igual que un presentador de televisión se degrade a él mismo, el problema es cuando induce a sus espectadores a hacer lo mismo. La gente a veces no es consciente y se impregna de estas cosas. Por un momento tiraré piedras contra mi propio tejado: una persona ve la serie House y sin darse cuenta adquiere ese mal carácter y misantropía del personaje. La serie no obstante me gusta, pero ahí el problema reside también en el espectador. Bien, pues imaginen una persona que sin darse cuenta coge la chulería del presentador antes citado. Y ahora imaginen a millones de espectadores. Gente que no respeta a sus principios, no respeta los ajenos tampoco, y llega lo malo. Y que nadie piense que esto es ajeno a la gente de a pié, pues el otro día tuve una entretenida conversación con alguien que antes era muy amigo mío, donde tras comentar que hacía mucho tiempo que no quedaba con él, él respondió “si tu no me llamas, ¿qué quieres?”. Bueno, no son palabras exactas ni la situación es la misma, es una equivalente a la real para proteger un poco al susodicho prepotente. Y yo me pregunté, ¿acaso por la misma regla de tres no podrías llamar tú? ¿O acaso eres tan superior al resto que son los demás los que deben pedirte el privilegio de quedar contigo? Y además, siendo amigos, ¿por qué esa chulería? Al principio me sentí irritado por su contestación. Pero luego sentí pena. Pena porque él no se daba cuenta de que ya no tenía ni el principio de amistad, ni el de educación… por lo visto, ni siquiera debía tener mi número, por no llamarme. Y siendo amigo mío me dio pena pensar que había empezado, sin que él lo supiera, un lento proceso de traición propia que corrompe a todos.

Esto no es una reflexión, es una petición. ¡Por favor, que todo el mundo atesore sus principios y no los quiebre por nada! No podemos quejarnos de la corrupción política cuando nosotros tenemos una propia. Una sociedad de respeto mutuo es muy sencilla: respetémonos a nosotros mismos, y el resto saldrá solo.  

Cuando me da por pensar

Hoy me ha dado por un tema algo más lúgubre, pero del que no es ajeno nadie. La muerte. ¿Qué es, por qué? ¿Qué sentido tiene?

Lo primero me he dado cuenta de una cosa. Bueno, no me he dado cuenta, pero la he pensado: ¿es el ser humano el único consciente de su muerte? Quiero decir, un gorrión o una paloma que revolotean por la calle, ¿son conscientes de que no estarán ahí para siempre? Un animal que huye de un depredador, ¿realmente está huyendo por temor a la muerte o por algún instinto que se lo ordena? Si nos basamos en la memoria genética, en un lamarckismo algo exagerado tal vez, tendríamos que los instintos son recuerdos heredados de un ascendiente de ese animal. Me explicaré: un ratón ve que un congénere suyo es cazado y devorado por un búho lo retiene como recuerdo y aprende a evitar a los búhos; este recuerdo se impregna en su genética y es heredado subconscientemente por sus descendientes, de tal modo que el resto de ratones que engendre sabrán, sin haberlo visto, que los búhos son peligrosos para ellos. Con esto me refiero a que un animal no sólo desconocería la muerte por vejez, sino que también ignora la muerte tras un depredador. Los animales no conocen la muerte hasta que la afrontan. Y precisamente esa es la gran diferencia que reside entre el concepto de muerte de un ser humano y de un animal. Y lo que hace también que la muerte en el ser humano no sea ni mucho menos algo que lamentar.

Como ya dije en un post anterior, la vida es un continuo aprendizaje. Y en el caso del ser humano, al conocerla, el aprendizaje es también sobre lo desconocido. A lo largo de nuestra vida vamos aprendiendo a afrontarla. Pero, eso sí, siempre es dolorosa y complicada. Pero no por ello triste, en absoluto. Hay que pensar en la muerte como la cúspide de la vida. Como el momento en el que no cabe más aprendizaje. La muerte es el final a un largo camino de errores y aciertos, de gente alrededor, de diversidad de momentos… No es un truncamiento de la vida, es sólo la cúspide del aprendizaje y la realización. Precisamente eso es lo que en parte la hace sosegada.

Hay que mirarla como un punto de inflexión, pero nunca como un antes y un después. Cuidado con ese pequeño matiz. Y sobre qué hay después… ¿qué prisa hay por enterarse?

Con un par

Los que inventaron el Trivial deben de estar revolviéndose en su tumba. Para que luego digan que “el Desastre” fue la crisis de Cuba de 1898. No señores, no se confundan, el Desastre es ahora. Y lo malo es que la mitad no sabrán ni qué es “el Desastre”.

Hemos cavado nuestra propia tumba y ahora nos quejamos de estar dentro. En fin, qué se podía esperar de un país donde el periódico más leído es el “Marca”. Pues se espera lo que se espera: que la gente no sepa nada sobre la guerra hispano-estadounidense ni quién fue el último caudillo de los hunos; eso sí, no dudarán en decirles de carrerilla la alineación de la selección de fútbol de Nigeria. O mejor aún, en qué minuto metió un gol no se quién en aquel tan esperado Barcelona-Madrid. Es normal, ¿a quién le importa las noticias de antes de las tres y media, que es cuando llegan los deportes? Nos quejamos de fracaso escolar, de que las generaciones venideras no tienen una educación. ¿Y qué? Ya saben el número de dorsal de Villa. ¿Para que vamos a ver ese fantástico nuevo canal de documentales si tenemos GolTV?

Al parecer en España eso de la cultura ya no se estila. ¿Para qué estudiar materias como Historia? ¿Sirven para algo? ¡Eso no da trabajo! Eso sí, luego nos quejaremos de que viene un yanqui cualquiera a España y le malvendemos unos valiosísimos cuadros por cuatro perras que él felizmente se lleva a un museo en Nueva York, y claro, luego es que no queda patrimonio de nuestra cultura. ¡Pero ojo! La culpa entera para los políticos, el pueblo nada! ¡Por lo visto la materia de educación concierne sólo a los políticos, el pueblo llano no tiene por qué educar a nuestros hijos nada que no se juegue sobre el césped! Y que no se les ocurra llenarles de cultura, que estudien cosas útiles que decimos nosotros. No forméis grandes intelectos, mejor que sepan mecánicamente cosas útiles, ¡dónde va a parar! Que la historia, el arte y la música sólo sirven para los que van a Saber Y Ganar.

Toda España se siente orgullosa de tener una de las mejores ligas de fútbol del planeta. Eso sí, la gente de la calle se lava las manos en la enseñanza de los jóvenes y lloramos porque la culpa es de los políticos. Eso es, sí señor. Con un par de pelotas.

Suspiros de España

La noche apenas la iluminaban algunas estrellas y velas repartidas por toda la plaza del pueblo. La plaza era la típica plaza de pueblo, de planta cuadrada, y abrazada por casas de escasa altura recién encaladas para la ocasión. Era una de esas plazas de pueblo costero en las que si prestas atención y escuchas antentamente puedes oír el sonido del mar cuando lucha por llevarse la arena de la playa.

La gente del pueblo se dirigía en pequeñas manadas de cuatro (dos matrimonios amigos recién cenados en casa de alguno de ellos) a la plaza, algunos ya algo ebrios. Todos vestían las mejores galas de las que disponían: camisas de cuadros y pantalones de tela en caso de los hombres, y frescos y veraniegos vestidos en el caso de las mujeres. Todos se dirigen lo más cerca que pueden del escenario improvisado que han colocado para que la orquesta municipal toque y anime a los vecinos. Al lado del escenario, la Antonia había colocado una mesa plegable con un mantel de papel y desd ella servía sus aperitivos, consistentes en pequeños bocadillos de diferentes fiambres.

Llega la orquesta municipal, y se preparan para su recital. Comienza la música. Algunos matrimonios optan por bailar en medio del círculo que hacen los menos atrevidos, que optan por probar los bocados que les ofrece amablemente la Antonia. Los bailarines hacen los pasos de costumbre: cuatro pasos hacia adelante, cuatro hacia atrás, alguna espontánea vuelta que solía salir mal y terminaba en inocentes carcajadas...

Una mujer de unos setenta años baila con su nieto de cinco. El nieto no sabe bailar, pero lo intenta moviendose lo más alegremente que puede, aunque tan arrítmico que su abuela no puede evitar reírse. El periódico local les saca una foto.

Jordi encuentra un marco con esa foto, fecha de hace cuarenta años, en un cajón mientras buscaba el contrato de la hipoteca. Por un momento se olvida de los plazos de su vivienda y coloca la foto en el mueble de su salón, y se sienta en el sofá a verla. Sí. Va evocando poco a poco. Recuerda a la Antonia. Recuerda la canción que sonaba, Suspiros de España. Recuerda que le hicieron ponerse aquellos zapatos que tanto odiaba. Y recuerda a su abuela. Precisamente esa foto es el único recuerdo que queda de ella. "Te hecho de menos, abuela". Jordi suspira. Y con él, la canción que bailó con su abuelita el último día que estuvo con ella.

Érase una vez el habla

¡Los catalanes han tomado la Plaza de los Fueros de Pamplona! Pero no con bayonetas y arcabuces, sino con cultura. Y es que como todos los años por estas fechas, la céntrica plaza de Pamplona recibe la visita de una carpa con un interior algo distinto al de la carpa universitaria. La fundación "La Caixa" trae una exposición anualmente: recuerdo una sobre la evolución del hombre, sobre historia naval, sobre Al-Ándalus, sobre los pueblos prerromanos de la Península... y esta vez, sobre la comunicación. "Una exposición que invita a reflexionar" reza un cartel en la entrada. Y la verdad es que sí.

La comunicación es el acto de enviar un mensaje para que otro lo reciba. Y esto es mucho más complejo de lo que parece: el mensaje debe ser claro, comprensible por el receptor, no ser dañado durante su transmisión... Tampoco debe ser tergiversado, como tanto ocurre actualmente. Debe llegar claro y nítido al receptor. Ofrezco una cosa: que alguien intente pasar un día sin entablar el menor acto comunicativo. Imposible. Y es que el comunicarse no es exclusivo del habla, también nos comunicamos cuando asentimos o negamos con la cabeza, cuando miramos un reloj... incluso a veces enviamos un mensaje que en realidad quiere decir otro mensaje: como cuando en un bar o discoteca le preguntas a esa morenaza que has visto si tiene fuego. Claro, también es un doble mensaje cuando te dice "no fumo" y ves un paquete de Marlboro asomando de su bolsillo.

Ayer salí de la exposición con una sonrisa en la boca. No me di cuenta, pero creo que con eso envié un mensaje a todos los que pasaban por ahí.