Él abrió la puerta de su Aston Martin clásico, vestido como siempre con un impecable traje italiano a medida, esta vez compuesto de un dos piezas gris marengo, una camisa blanca con cierre de botones estilo francés y puño para gemelos, y una corbata de seda de un resplandeciente color champán. Se apeó de su coche, apoyando el pie con firmeza sobre el asfalto adoquinado. Se irguió con firmeza y rapidez, no por ello exentas de una incuestionable elegancia. La noche iluminada por la luna llena estaba llena de matices entre el negro y el azul, así como reflejos de las escasas luces que aún alumbraban la ciudad. Cerró su coche, y se dirigió a un bar próximo, donde pidió que le sirvieran una copa del mejor champán que tenían. La tomo con delicadeza, como solía, disfrutando de cada burbuja, de su textura, de esa sensación que sentía cuando pasaban por su garganta. Hoy estaba de especial buen humor. Había cerrado el negocio con los californianos para la importación exclusiva a nivel nacional de microchips desde Silicon Valley. Un buen pellizco, como decían en su empresa. Debido a ello, y, por qué no, también a que le apetecía, había ido a cenar a su restaurante favorito, donde había degustado ostras, caviar en yema de huevo, bistec al roquefort, filete tartare, y médula helada, mientras tomaba un Marqués de Cáceres reserva del 2004 y un Martín Códax. Allí, en el restaurante, había conocido a Eva, una joven camarera de 25 años, de aproximadamente un metro setenta, cincuenta kilos, un sedoso pelo moreno brillante que había recogido en un pequeño moño (que, después, en el asiento trasero de su Aston Martin, había descubierto que era más largo de lo que pudiera parecer), delgada y con un bello y prominente busto, aún más acentuado por la camisa negra que vestía escotada de uniforme de trabajo. Después de la cena, había ido a ver a Tatiana, una representante de ventas búlgara que estaba allí por unos días y que conoció en una reunión de la empresa, a quien sorprendió apareciendo en su habitación del hotel con unos bombones y una docena de rosas rojas. Después de una exacerbada noche de sexo con Tatiana, optó por dejar una última rosa para ella en recepción, aprovechando para flirtear con Susana, la pelirroja recepcionista del hotel.
Ahora, ya fatigado después de su noche, estaba descansado en su bar favorito con esa última copa de champán antes de ir a su lujoso ático en pleno centro de la ciudad. Metió la mano en el bolsillo interior del traje, y sacó su pitillera de plata personalizada con sus iniciales en oro blanco. Sacó uno de sus cigarrillos mezcla especial de dos tercios de tabaco americano con un tercio de turco, y, tras ponerlo en su boca, fue a encenderlo con su Dupont a juego con la pitillera. Tomó una fuerte calada, y exhaló el humo por la nariz. Cerró los ojos y saboreó el instante como si se tratara de una mujer apenas sí vestida en su cama ofreciéndole sus placeres.
Al abrirlos, vio a su lado a un hombre de unos sesenta años, peinado con cortinilla en un vano intento de ocultar su más que evidente pérdida del pelo, y que vestía unos anticuados pantalones de pana gris y una americana marrón, ya cedida y holgada por el uso a través de los años. Tenía una apariencia cansada, y un aspecto desaliñado, y en su expresión se intuía un ligero complejo ante el hombre trajeado y triunfador de su lado.
-¿Una mala noche? –le preguntó al extraño individuo, a la par que le ofrecía uno de sus cigarrillos, que aceptó con buen grado.
-Espantosa. Y el día no ha hecho más que comenzar.
-¿Trabaja usted de noches?
-¡Si sólo fuera eso! Trabajo todas las noches, de lunes a sábado, y de martes a domingo por las mañanas. Y para ganar una puerca miseria, ¡ya ve usted –durante un instante se hizo el silencio, en lo que el misterioso hombre tomaba una calada-! Magnífico cigarrillo. ¿Puedo preguntarle dónde los consigue?
-En un estanco de una calle no muy lejos de aquí. Es una mezcla de tabaco turco con americano.
-Muy extraño hoy en día alguien que no fume una marca más conocida y comercial. Tienen un intenso aroma extrañamente dulzón. A pesar de todo –dijo con picardía-, no ocultan su obvio olor a perfume femenino.
-Bueno –dijo, ruborizado ante el comentario del extraño-, ha sido una noche afortunada.
-Tiene usted aspecto de ser de los que tienen muchos días y noches afortunados, ¿me equivoco?
-Bueno, no le negaré que he tenido buena suerte en la vida.
-La verdad es que ninguno de los dos nos podemos quejar, señor. Ambos somos afortunados. Gloriosos, diría yo.
-¿Cómo dice?
-Gloriosos. Mire –dijo, mientras sacaba una andrajosa y desgastada cartera de imitación a piel, y hacía aparecer unas fotografías-: mi esposa, mi hijo y mis dos hijas. Aquí donde ve a mi hijo, esta a apenas semanas de su boda con la chica de la que llevaba enamorado desde los trece años. Y mis niñas, ¿verdad que son preciosas? Una esta ahora a punto de empezar la carrera, y esta, la menor, toca el piano. Es muy buena, ¿sabe? Dicen que tiene mucho futuro. Y qué le puedo decir de mi mujer. Es un cielo la buena mujer. Siempre que llego a casa me recibe escondiendo un bombón en una parte distinta de la casa, ¡y no me da de comer hasta que no lo encuentro –dijo entre risas-! Es una lástima que la caja esté ya vacía…
-¿A qué se refiere?
-Le diagnosticaron cáncer terminal muy avanzado. El otro día escondió su último bombón –comenzaron a resbalarle lágrimas por su rostro-. Apenas le queda una semana.
-Lo siento.
-No se preocupe. Esta semana va a ser la mejor de todas. Voy a gastar todos los ahorros que me quedan en un gran viaje con ella. Siempre quisimos conocer Venecia, ¿sabe? Ella solía pintar dibujos de los canales que luego enmarcábamos. ¡Y finalmente los canales no estarán en un papel sino que los vivirá! ¡He reservado en un hotel en plena plaza San Marcos! ¡Le pienso dar todo lo que no he podido darle en estos cuarenta años!
Mientras terminaba sus últimas burbujas del delicioso champán, fue sacando monedas que dejó en la barra para pagar la copa. Se despidió del hombre, y se dispuso a salir. Sacó las llaves de su Aston Martin, pero cuando llegó a la puerta del bar se paró en secó. Se giró, y miró nuevamente al hombre, que aún disfrutaba de su cigarrillo.
-Disculpe –le dijo-, ¿cómo irán a Venecia?
-Todavía no lo sé.
-Tenga –y le lanzó las llaves de su coche-. Coja el mío. Es el deportivo gris de ahí fuera.
El hombre recogió las llaves, absolutamente boquiabierto. Tras una última y sincera lágrima, levantó la vista buscando al hombre para agradecérselo, pero ya se había marchado.
“Ese hombre estaba equivocado”, pensaba mientras se alejaba del bar y de su coche, y volvía andando a su casa, “él es más glorioso que yo”.