Blogia

Mi Paisaje

Poderoso caballero es Don Dinero

O eso decía Quevedo. Y qué razón tenía. ¿De qué no es capaz este buen amigo nuestro? Dios mío, ¡nos da de todo! Ropa, inmuebles, coches... ¡si es que hasta inventa amigos, hace convenientes los matrimonios, compra la libertad y mutila la justicia! Efectivamente, poderoso caballero es Don Dinero.

Qué anticuados han quedado los tiempos en los que con un plato de lentejas se compraba la primogenitura. Ahora es el dinero el que lo absorbe todo. Parece mentira, querido lector, pero en los últimos tiempos hasta la vida humana tiene precio. Pongamos el reciente caso del secuestro del Alakrana: dividimos los cuatro millones de dólares pagados como rescate entre los treinta y seis tripulantes y ahí tenemos la cotización actual. Hay que ver cómo se ha revalorizado, por lo menos. A septiembre de 2001 se cotizaba al precio de un billete de avión, y en marzo de 2004 aún a menos, al precio de un billete de tren.

Es una verdadera lástima, pero se ha llegado a un punto que es así. Ahora, el que tiene dinero tiene no sólo riquezas materiales, sino también un falso acceso a riquezas espirituales. Teníais vos razón, Don Francisco de Quevedo, qué amarga es la verdad.

La comunión de su chamaquito

Recuerdo una excursión que hice con el colegio, yo tendría nueve o diez años, que consistía en visitas culturales por Pamplona. Y recuerdo que nos dejaron en el parque de los Enamorados y le hicimos una encuesta sobre Pamplona a un hombre mayor que pasó por ahí. El hombre, cuando respondió todas las preguntas, comentó cabizbajo "lástima que esto no vaya a llegar a nada". Pues bien, a una sola persona que llegue esto y que le haga reflexionar, este texto no habrá sido en vano.

Oswaldo es nuevo en Pamplona. En el mes que lleva aquí desde que emigró aún no ha encontrado trabajo, pero lo sigue buscando. Vive en un segundo piso en la Rochapea, en una calle algo apartada, próxima a la zona de San Pedro; pongamos por ejemplo Virgen del Río. Es un piso pequeño y sin reformar, pero suficiente para su mujer y su chamaquito. Que hablando de su chamaquito, hoy es un día especial para él. Es su primera comunión. Oswaldo le mira con orgullo, camuflado entre el resto de feligreses. Aunque con cierta tristeza.

Detrás del altar están están todos los niños, sonrientes, con más ganas de recibir sus regalos que de la hostia, vestidos con sus trajes de marineros, princesas, almirantes... Pero, con todo el descaro del mundo, estos marineros y princesas miran al chamaquito de Oswaldo. Va vestido con unos pantalones vaqueros oscuros y una camisa azul de cuadros. "¿Por qué no vas de marinero?" le preguntan los niños cuando le miran. Él calla, pero Oswaldo responde por él: "porque no tenía plata suficiente para más". Los niños siguen mirándole con curiosidad, alguno deja escapar alguna risa, y Oswaldo se siente avergonzado de no haber logrado un empleo en el que ganara suficiente como para comprarle a su hijo el traje más caro de toda la tienda. Pero no es el caso, y a Oswaldo sólo le ha llegado para una camisa un poco elegante y unos vaqueros oscuros.

Ya ha acabado la ceremonia y han pasado las fotos. Oswaldo ya ha pasado el mal trago. Y entonces ve que los niños reciben sus regalos: juguetes, bicis, patines... Su chamaquito no tiene nada. "Lo siento hijo, no creas que no te queremos, es sólo que si no no podíamos pagar el arrendamiento de este mes" piensa Oswaldo. "¿Y por qué a esos niños les visita toda su familia y a mí sólo mis papás?" ve el niño.

Ahora, los niños van a comer a carísimos asadores y restaurantes cuyas delicias no son capaces siquiera de entender, en los fastuosos coches de sus padres. Oswaldo y su familia montan en la guagua municipal. "Seguro que me llevan a un sitio maravilloso" piensa. Se apean en el polígono de Galaria, y entran en un restaurante de una conocida cadena de hamburgueserías. Allí, comen un menú que consiste en una hamburguesa, unas patatas fritas y refresco. El niño las come con moderada alegría, y Oswaldo no puede evitar que caiga una lágrima no desde sus ojos, sino desde su corazón. Éste ha sido el día más importante de la infancia de su chamaquito.

Decir adiós

Decir adiós

Cuando di el paso del instituto a la universidad, imaginé que habría cambios. No hablo sólo de lo académico, hablo tambien de otras cosas como personales, sentimentales... lo que la gente más mayor, en especial padres y profesores llaman así como "hacerse persona". Y lo pienso ahora y tienen razón. ¿Por qué sólo te das cuenta de las cosas cuando ya han pasado?

Recuerdo estar en Bachiller, y pensar que poco más iba a madurar ya. Tenía el ridículo pensamiento de que con dieciséis años tenía la vida asentada. Pienso eso mismo ahora, y casi hasta me da vergüenza pensarlo. Al llegar a la universidad tampoco lo supe ni me di cuenta; han tenido que pasar dos meses para ello. Pero sólo en mi clase hay gente no de distintos lugares de Pamplona, hablo de distintos lugares de España e incluso Europa. Y ellos tal vez pensaran con dieciséis años que tenían la vida asentada, ¿qué piensan ahora? Están lejísimos de sus casas, con la dura tarea no sólo de sacar una carrera, sino de empezar una nueva vida en un lugar extraño para ellos. Estudiando donde vives no te das cuenta, pero tiene mérito. Y mucho. Todo lo que han dejado atrás: su familia, sus casas, sus recuerdos, amigos... Les han dicho adiós. Adiós, la de veces que hemos escuchado esa palabra e incluso que la usamos a lo largo del día y no entendemos todo lo que recae en ella. Decir adiós es despedirse, no volver a ver algo a lo que le tienes aprecio en no sabes cuanto tiempo (porque, usualmente, si lo sabes, dices "hasta luego" o "hasta no sé cuándo"). Detrás de un adiós hay una incertidumbre, un desconocimiento. ¿Cuándo será esa vez próxima? Tal vez uno de esos que han venido aquí hayan dicho adiós a su mejor amigo, y nunca vuelvan a verse porque claro, quizá el amigo también viaje.

Dejar atrás todo aquello que apreciamos para madurar. Irónico: para "hacerte persona" a veces hay que dejar atrás a las que más quieres.

Jersey a rayas

Jersey a rayas

Hoy a clase muchos han venido con un jersey a rayas. Menuda invasión. Como un grupo de cebras que se camuflan juntándose tanto que sólo se ven rayas. Pues hoy lo mismo. Una marea de rayas horizontales. Porque eran horizontales, rayas verticales no había, por lo que se ve no se llevan ya. Bien, pues todos con jersey a rayas. Bueno, no todo eran jerséis, también había chaquetas. Y no todas las rayas eran iguales, las había más finas, más gruesas, azules, marrones, verdes, grises... Había gente a quien le quedaba bien y gente que no. Había gente cuyo jersey llevaba capucha y gente que no. Había gente que lo había comprado en H&M y gente que en Zara. Y no todos trabajaban cómodos con él, algunos se lo habían arremangado y otros se lo habían quitado. Claro, es que no todos los jerséis eran del mismo material y a unos les daría más calor que a otros. No sé, tal vez aunque todos llevaran rayas no fueran como las cebras después de todo.

Aburrimiento en clase

Aburrimiento en clase

Bueno, hoy es día de estreno, y tenemos avalancha de artículos. Este precisamente lo escribí en clase el otro día:

Bueno, estoy en clase de Derecho Internacional Público, y estoy aburrido. No me apetece copiar y tomar apuntes, y tampoco prestar demasiada atención. Esto no significa que la clase no me guste, es sólo mi forma de ser. Y tampoco es que la materia sea aburrida, de hecho, es interesante, da que pensar. Llevamos un tiempo estudiando tratados internacionales, y curiosamente lo que más vemos es cómo las naciones se las apañan para librarse de las obligaciones que adquirieron al aceptar esos tratados. Por lo visto, un tratado sirve para eso, para fingir que se quiere llegar a un objetivo utópico y luego se busca la menor laguna para evadirse de él. Algo así como un albañil que va al trabajo con un elegante traje de Hugo Boss; le sienta bien, le da mejor apariencia que el mono de trabajo, pero sigue siendo un albañil (y probablemente, tras el día de trabajo, su traje acabe muy manchado). Tal vez sea parte de la naturaleza humana el disimular nuestran auténticas intenciones creando un falso personaje. ¡Alegría para las tiendas de disfraces, las máscaras y caretas vuelven a estar de moda! Pero hay que ir siempre a la última, y el último grito no son las de diablo o jorobado, son las de sonrisa y buenas intenciones.

18 años

Bueno, pues no veo mejor texto para empezar el blog. Lo escribí quince minutos antes de mi cumpleaños, porque un amigo me dijo que escribiera algo. Y me puse a divagar sobre los famosos dieciocho años y todo eso, y pensé, ¿en serio tienen tanta importancia? Pues aquí el texto que escribí, calcado de hace tres semanas:

Dentro de minutos mi cumpleaños, y mis dieciocho años, y Juli me ha dicho de escribir algo para despedirlos. No soy un gran escritor, pero supongo que habrá que intentarlo, ¿no?
Pues la verdad es que hoy a la mañana he despertado pensando en esto. Los dieciocho años suponen para todos un cambio, por un motivo u otro, todos los queremos. Unos para poder conducir, otros beber, fumar… Por un motivo u otro todos queremos llegar a esa mayoría de edad, a esa libertad. Es lo que de una forma u otra buscamos todos, ese fin de la libertad, a por la cual nos aventuramos sin saber exactamente qué es. Supongo que cada uno la ve de una forma distinta.
Pero hay algo que todas las libertades individuales tienen en común. La capacidad de actuación propia, la toma de decisiones, el ver lo más instantáneamente posible el resultado de nuestros actos. Hay que tener cuidado: esta libertad acarrea por supuesto responsabilidades, pero éstas se nos pasan más de largo, no les hacemos tanto caso.
También es normal que no tenga la misma libertad un niño de cinco años que alguien con diecisiete. La libertad la vamos adquiriendo poco a poco. Empezamos consiguiendo ese permiso para cruzar solos el paso de cebra y terminamos con la capacidad de obra absoluta. Durante ese tiempo, hemos ido poco a poco adquiriendo nuestra libertad, que es una libertad que cada uno hemos ido construyendo personalmente; si nos portábamos bien, nuestros padres nos daban un poquito más de margen; si, por el contrario, les desobedecíamos, a la próxima nos iban a permitir la mitad.
Y de repente, los dieciocho años. ¿La libertad absoluta? No recuerdo quién lo dijo, pero recuerdo la frase de “la libertad de uno mismo termina donde empieza la del otro”. Supongo que esa es la diferencia entre libertad y libre albedrío, el ser capaces de desarrollarnos sin interferir en el desarrollo de los demás. Porque, este desarrollo, no es sino algo continuado durante toda la vida, algo que no lo marca una frontera de edad. Es algo que ni siquiera marca la madurez personal. Es algo, directamente, sin marcar. Y es que con los dieciocho no llega esa libertad absoluta como la que tanto nos enseñaban con envidia aquellas películas donde un personaje solitario subía a su moto y recorría el país a su antojo. Es más, ni siquiera llega el momento para conducir, beber o fumar. Seamos sinceros, el que quería hacerlo lo hacía igual con diecisiete o menos. ¿Qué es lo que llega entonces? Eso tiene que mirarlo cada uno, porque ahí sí que reside la libertad personal, la meta que cada uno quiere ponerse, y la mía no es otra más que seguir haciendo lo que he hecho hasta ahora: vivir.